top of page
Buscar

VOLVER A TRABAJAR: CUANDO EL CUERPO LLEGA ANTES QUE EL ALMA

  • Foto del escritor: Constanza Romero P.
    Constanza Romero P.
  • 3 mar
  • 4 Min. de lectura

Hay un momento, casi silencioso, en que sabemos que las vacaciones se han acabado.

No porque alguien lo diga.

Sino porque algo adentro se empieza a mover.


Durante esos días pasó algo importante.

Volvimos a estar.

No produciendo.

No cumpliendo.

Estando.


Estuvimos más tiempo con nuestros hijos.

Los miramos crecer de nuevo.

Los escuchamos hablar, reír, enojarse, aburrirse.

Nos dimos cuenta, otra vez, de que ya no son los bebés que cabían completos en nuestros brazos.

Y duele.

Duele bonito, pero duele.


En ese tiempo también volvimos a nosotras.

Hicimos cosas simples que habíamos dejado de lado.

Dormimos distinto. Pensamos distinto.

Recordamos quiénes somos cuando no estamos corriendo para llegar y cumplir con todo.


Y entonces toca volver.


El cuerpo vuelve rápido.

Siempre vuelve.

Se adapta, se organiza, cumple.


El alma no.


El alma viene más lenta porque viene llena.

Llena de escenas que no queremos soltar.

Llena de abrazos recientes.

Llena de esa conciencia que aparece cuando paramos: el tiempo pasa muy rápido y lo más importante de nuestra vida crece frente a nuestros ojos mientras estamos ocupadas sosteniendo todo lo demás.


Y entonces surge la pregunta que incomoda:

¿Quién nos sostiene a nosotras cuando lo necesitamos?

¿Quién nos sostiene cuando debemos regresar y nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestra alma se sienten divididos?

Cuando volvemos a habitar esa doble presencia que tantas mujeres conocemos.


Ahí aparece la tensión que muchas educadoras vivimos, aunque pocas veces nombramos.

Volvemos a cuidar a otros niños y niñas.

Volvemos a preocuparnos de su bienestar, de su desarrollo, de sus emociones, de su educación.

Volvemos a entregar lo mejor de nosotras, e incluso muchas veces más de lo que nos corresponde por rol.


Porque nuestro rol es ser educadoras, no todo lo que el sistema nos ha hecho creer que debemos ser: psicólogas, madres, doctoras, enfermeras, animadoras… y todo al mismo tiempo.


Y en algún rincón del pecho se cuela una pregunta incómoda, silenciosa, casi culposa:¿Estoy siendo igual de presente para los míos?

¿Para mis hijos?

¿Para mi familia?


No es un juicio.

Es amor.


Es ese latigazo interno que nos damos constantemente.

Ese que duele precisamente porque importa.


Las vacaciones hacen que todo eso se sienta más fuerte.

Porque recién empezamos a reencontrarnos con nuestra familia, con nuestros hijos, con nuestra casa…y ya tenemos que volver a soltar un poco.


Ahí aparecen los miedos.

Los juicios internos.

Las exigencias que nadie nos pone, pero que igual cargamos.


Ser buena profesional.

Ser buena madre.

Estar en el aula.

Estar en casa.


Como si hubiera que elegir.

Como si no cansara sostenerlo todo.


Pero volver también puede ser otra cosa.


Puede ser volver con más conciencia.

Con más claridad.

Con la certeza de que no queremos volver a desaparecer en el deber.


El alma no llega después porque esté atrasada.

Llega después porque ya aprendió algo.

Porque ya no quiere funcionar en automático.


Porque quiere estar más atenta a sus emociones, validar lo verdaderamente importante, y ponerse, por primera vez en mucho tiempo, también en primer lugar como persona.


Sabe que el reloj no perdona.

Sabe que el tiempo pasa.

Sabe que los hijos crecen.


Y aun así, aunque la rutina vuelva a consumirnos después de unos días en el aula, peleamos por no olvidar lo que las vacaciones vinieron a recordarnos.


Este texto no quiere decirte que es fácil.

Quiere decirte que es real.


Que muchas mujeres sienten esto.

Que muchas educadoras viven esta dicotomía entre amar profundamente su trabajo y amar profundamente su hogar.


Y que no estás sola.


Quizás este regreso no sea volver como antes.

Quizás sea volver un poco más despiertas.

Un poco más humanas.

Un poco más cuidadosas con nosotras mismas.


Este espacio nace para eso.

Para decir lo que no siempre se dice.

Para acompañarnos mientras volvemos.

Para recordarnos que educar también implica no perdernos en el camino, aprender a soltar, entender que no tenemos que controlarlo todo ni estar en todas partes.


Porque volver a trabajar no es traicionarnos.

Es aprender, lentamente, a volver sin dejar de ser.



ALGUNAS IDEAS PARA ACOMPAÑARNOS EN ESTE PROCESO DE VOLVER


En educación sabemos algo muy bien:

los procesos de adaptación no se apuran, se acompañan.


Damos tiempo a los niños y niñas cuando llegan al jardín.

Respetamos sus ritmos, validamos sus emociones, entendemos que separarse cuesta.

Incluso acompañamos la adaptación de nuestros propios hijos antes de entrar al colegio.


Pero cuando se trata de nosotras…

¿nos damos ese mismo permiso?

¿O invisibilizamos lo que sentimos y seguimos adelante como si nada?


Quizás este regreso también merece cuidado.

No desde la exigencia, sino desde el bienestar.


Aquí algunas ideas, no como recetas, sino como actos de amabilidad contigo misma:


  • Nómbralo.

    Ponle palabras a lo que sientes. No todo es cansancio ni falta de ganas. A veces es transición. Decirte “estoy adaptándome” cambia la forma en que te hablas.

  • No te exijas volver igual.

    Volver distinta no es un problema, es una señal de que algo se movió. Permítete no estar al cien desde el primer día.

  • Cuida pequeños rituales del descanso.

    Algo que hiciste en vacaciones y que no quieres perder: una caminata, un té en silencio, leer unas páginas antes de dormir. No abandones todo al volver.

  • Baja el ritmo interno, aunque el externo no pare.

    Tal vez no puedas cambiar los horarios, pero sí la forma en que te habitas dentro de ellos.

  • Recuerda que tú también estás en adaptación.

    Así como acompañas a los niños y niñas con paciencia, acompáñate a ti. La autoexigencia no educa, el cuidado sí.

  • Permítete no estar en todo.

    No tienes que sostenerlo todo, todo el tiempo. Soltar también es una forma de responsabilidad emocional.


Este regreso no es solo laboral.

Es emocional.

Es humano.


Y así como creemos profundamente que los procesos necesitan tiempo, contención y respeto, quizás este sea el momento de aplicar esa misma pedagogía… en nosotras mismas.


Porque adaptarnos también es aprender.

Y cuidarnos, también, es educar.

 

Y tal vez, poco a poco, podamos volver a trabajar sin dejar partes nuestras esperando en casa.

 
 
 

Comentarios


bottom of page